Lo revuelto que está el mundo
Abren los informativos del mediodía hablando de la siempre morbosa trama urbanística de la Comunidad Valenciana. Trajes por aquí, dinerito por allá, mientras dos lugares del mundo, como ejemplos, tiemblan en estas horas: Honduras y China.
Lo de Honduras casi no tiene nombre. Acusan al presidente de convocar ilegalmente un referéndum, dicen, con la mirada puesta en poder perpetuarse en el poder. Práctica siempre rechazable, por otra parte.
Y como el hombre no atiende a razones, lo secuestran y lo expulsan del país. Dicen que el pueblo hondureño es uno de los más tranquilos de América Latina. También de los más pobres. Por ejemplo, de los menos representados en el crisol inmigrante que se ha abierto en España.
Un presidente depuesto no puede tan siquiera regresar a su país porque el Ejército se lo impide en un aeropuerto capitalino atestado de acólitos de Manuel Zelaya. Un muerto en los disturbios de ayer y todo un conflicto enquistado sin visos de pronta resolución.
Mientras, China contabiliza una cifra de muertos que, por allá, se atribuiría en circunstancias convencionales al tiempo tan inestable que suele azotar al Extremo Oriente. Sin embargo, los 140 muertos de hoy en la provincia de Xinjiang tienen otro motivo: disturbios entre etnias.
La etnia de fe musulmana residente en esa zona se ha levantado contra lo que consideran como opresión de la mayoría china. Y, como suelen acostumbrar, las fuerzas del orden han cargado con virulencia contra lo que se puede y debe calmar de otras maneras.
Se me ocurre esa palabra tan inocente que es diálogo. No olviden que la censura vuelve a hacer de las suyas, en especial en China, para que no veamos lo que pasa y analicemos como mayores de edad que somos.
Mientras el mundo está así de agitado, los toros generan polémica con el tremendista José Tomás en Barcelona y el San Fermín en Pamplona. Y un actor, Imanol Arias, dice que no quiere cobrar sus enormes emolumentos si TVE prescinde de la publicidad.
Dos caminos: su salario no respondería a los actuales ingresos ingentes de su serie por publicidad y podrían acusarle de cobrar, indirectamente -claro está-, un sueldo como funcionario vago. Este Imanol Arias no es el Antonio Alcántara que nos habían vendido...

